Cada año construyo una planificación completa, pensada para acompañar procesos físicos, emocionales y simbólicos. No se trata solo de posturas, sino de comprender por qué practicamos lo que practicamos, y cómo esa práctica se traduce en la vida cotidiana.
Diseñar las clases con antelación me permite ofrecer un camino coherente: una secuencia que tiene dirección, sentido y profundidad.
Cada trimestre tiene un eje temático, cada mes una objetivo particular, y cada práctica encarna ese propósito.
Este método no busca rigidez, sino coherencia. La planificación es una guía, no una estructura cerrada: cada grupo tiene su ritmo, y parte del trabajo consiste en leer esas necesidades, ajustar, transformar, o simplemente pausar.
Mi objetivo es que el yoga deje de ser una rutina repetida y se convierta en una experiencia reflexiva, encarnada y consciente.
Por eso, las clases combinan movimiento, respiración, lectura, filosofía y conversación.
Hay espacio para la técnica, pero también para la pregunta: ¿qué estoy practicando cuando practico?
A lo largo del año, esta planificación se despliega en distintas capas:
Una visión anual, que marca el horizonte conceptual.
Cuatro trimestres, donde exploramos los grandes caminos del yoga desde su raíz filosófica y su aplicación contemporánea.
Ciclos mensuales, que aterrizan cada tema en la experiencia corporal y emocional.
En este blog voy a compartir cómo pienso ese proceso: la planificación del año, los trimestres y los meses, para que cada quien pueda comprender mejor el sentido detrás de cada clase, y también inspirarse a construir su propio modo de sostener una práctica con dirección.