El cuerpo antes de la imagen

La idea que tenemos del cuerpo no es el cuerpo: es un producto cultural diseñado por el sistema que nos oprime y nos condiciona. En un diálogo contemporáneo con el jñāna yoga, este artículo propone un gesto radical: volver al cuerpo, a la sensación, para desarmar la ilusión que sostiene la imagen.

El cuerpo antes de la imagen

Lo que creemos que es “nuestro cuerpo” rara vez es el cuerpo.
Es, más bien, la imagen social del cuerpo: una construcción histórica, política y económica producida por instituciones, discursos y tecnologías que moldean lo que consideramos normal, deseable, correcto o aceptable. No nacemos con esa idea del cuerpo: la aprendemos.

El cuerpo no existe aislado. Está atravesado por fuerzas concretas: nuestra historia personal, roles de género, producción económica, cultura visual, mercado, moral religiosa, valores familiares. Cada época fabrica su propio modo de mirar y nombrar el cuerpo, y ese modo termina infiltrándose en la experiencia íntima y sensorial que tenemos de nosotras mismas.

Y ahí aparece maya, no como un velo metafísico, sino como una ilusión fabricada socialmente. Maya no es un engaño mental: es la invisibilidad que producen las estructuras de poder. La ilusión de que “mi cuerpo es mi imagen” es una construcción ideológica que actúa como maya: confunde el símbolo con la sustancia, la forma con la experiencia, la superficie con lo vivo.

El capitalismo ha convertido el cuerpo en objeto de consumo, productividad y disciplina.
El patriarcado lo ha convertido en territorio de control, estetización y obediencia.
El neoliberalismo espiritual lo convierte en proyecto, misión, mejora constante.
La cultura visual lo convierte en pantalla, pose, identidad performativa.

El resultado es claro: nuestro cuerpo vivido es desplazado por el cuerpo imaginado, por el cuerpo deseado o el ideal jamás alcanzado. Ese imaginario funciona como maya: una representación que sustituye la experiencia directa. Vivimos mirando el cuerpo desde afuera, como si fuéramos espectadores de nuestra propia forma.

Esta imagen no es inocente: tiene dueño, tiene historia, tiene función política. No es una fantasía individual, es una imposición cultural diseñada para ordenar comportamientos, controlar deseos y definir valor. La opresión entra por los ojos. Y se sostiene con nuestros bolsillos, nuestras inseguridades y nuestros miedos. 

Y aquí entra jñāna yoga, no en clave mística, sino como vía de discernimiento radical:
¿Qué es experiencia y qué es condicionamiento?
¿Qué es cuerpo y qué es relato?
¿Qué es percepción, y qué es la imagen que aprendí a sostener?

Viveka, la capacidad de distinguir, se vuelve un acto político.
Percibir antes de interpretar es un gesto de desobediencia.
Sentir sin pasar por la imagen es un acto de soberanía corporal.

Volver “al cuerpo antes de la imagen” no es retroceder: es descolonizar la percepción.
Es devolverle al cuerpo su condición de proceso vivo, no de objeto representado.
Es reconocer que la forma no alcanza, que la experiencia no cabe en una idea.

La práctica corporal se convierte en un espacio donde maya se vuelve visible: la ilusión de que el cuerpo es lo que vemos se desarma cuando sentimos sin nombrar; la ilusión de que la forma define la experiencia cae cuando la experiencia desborda la forma.

El camino del conocimiento no busca negar el cuerpo, sino liberar la percepción de sus ficciones. El discernimiento es el gesto de volver al cuerpo vivo: sensación, peso, pulso, intercambio con el suelo, respiración atravesándolo todo.

Cuando soltamos la imagen mental, el cuerpo se vuelve territorio y no mercancía, relación y no control, presencia y no proyecto.

Y ahí —en ese contacto directo con la realidad sensorial— la ilusión se debilita.
No porque desaparezca, sino porque deja de gobernar.


La práctica no promete un cuerpo distinto: promete un cuerpo propio, un cuerpo vivido, un cuerpo que nadie puede reducir a una imagen. Ese es el verdadero inicio del camino del conocimiento.


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